Texto: Sara Acosta | París
El autor del best-seller El fin de la naturaleza es parco en palabras y no se anda con rodeos. Con una mirada que taladra, Bill McKibben, reconocido escritor de decenas de libros sobre medio ambiente, explica cómo abandonó el periodismo y las letras para movilizar a cuantas personas fuera capaz de convencer sobre la urgencia de reducir las emisiones de CO2, el principal causante del cambio climático. “Estaba frustrado, no estábamos reaccionando lo suficientemente rápido. Pensé que escribir otro libro no cambiaría nada. Si tienes un gran problema debes hacer algo, ¿no cree?”. En el año 2000, un viaje a Bangladesh, donde vio gente morir de dengue a causa del calentamiento global, terminó de convencerle de pasarse al activismo. “Esa gente no ha hecho nada para causar este problema”.
En 2007, McKibben, ya ex periodista de la sacrosanta The New Yorker, una de las revistas más prestigiosas de Estados Unidos, se reunió con un grupo de estudiantes del Middlebury College de Vermont (California), donde vive. De aquel encuentro nació 350.org, una llamada a sacar el dinero de petróleo, gas y carbón que se ha convertido en el mayor movimiento mundial de desinversión en energías fósiles. La plataforma debe su nombre a la investigación del científico de la NASA James E. Hansen, quien propuso en un artículo de ese mismo año que 350 partes por millón (ppm) de CO2 en la atmósfera es un límite máximo seguro para evitar un cambio climático imparable.
La idea enseguida prendió entre los estudiantes. “Me di cuenta de que la industria fósil era tan grande que siempre ganaría, a menos que pudiéramos imaginar algún tipo de contrapoder. Ellos tenían más dinero, así que utilizaríamos otra moneda, la de la pasión y la creatividad”. Hay que tener además en cuenta que un tercio de las universidades americanas tiene algo que en Europa, salvo excepciones, no existe: fondos de inversión con los que estos centros financian becas o simplemente emplean como reserva de dinero para futuras generaciones de estudiantes. Hablamos de cifras colosales. Según la agencia Bloomberg, solo Harvard tiene 36.000 millones de dólares en estos fondos, y en total, las universidades de EEUU y Reino Unido suman 393.000 millones, de los cuales 10.000 están invertidos en energías fósiles.
Pero la rebeldía de este activista crecido en los bosques de Nueva Inglaterra —“allí pude ver cómo cambiaban los ciclos”— no se quedó en las universidades. Pronto saltó a otros inversores particulares, a fondos de pensiones, congregaciones religiosas, museos, ciudades. McKibben ha celebrado esta semana en la Cumbre del Clima de París que ya más de 500 instituciones se hayan comprometido a desinvertir activos por valor de 3,4 billones de dólares de las energías fósiles. Entre ellas, nombres tan sonados como el Rockefeller Brothers Fund, los herederos del magnate Rockefeller, quien levantó un imperio gracias, precisamente, al petróleo. Este determinado activista explica impaciente, como si le pareciera evidente, por qué todas estas fortunas, entre las que también se encuentra el Fondo de Pensiones de Noruega, el mayor del mundo, están sacando su dinero de las energías fósiles: “¿Por qué invertirías en una compañía cuyo negocio ahora debe lidiar con lo que ya sabemos sobre cambio climático?”. Se refiere al consenso científico de limitar el incremento de temperatura en dos grados de aquí al año 2100 respecto a niveles preindustriales. Y para lograrlo, habría que dejar sin quemar dos tercios de las reservas mundiales de energía de origen fósil. “La gente creía que su dinero en estas compañías energéticas estaba seguro, pero son malas inversiones, están tirándolo a la basura”.
Aunque no sea el lema oficial de su campaña, McKibben apela a lo inmoral de las empresas que están detrás de la poderosa industria del petróleo, el gas y el carbón: “No estamos haciendo nada por la avaricia de diminutos seres humanos. Ahora ya sabemos, a partir de revelaciones como la de Exxon, que todas estas compañías sabían lo que estaban haciendo”. El activista se refiere a la investigación abierta por la Fiscalía General de Nueva York a la petrolera Exxon Mobil sobre si este gigante mintió a sus inversores respecto a los riesgos del cambio climático, que presuntamente conocía desde los años setenta. Dice McKibben que ignora si todos estos magnates a los que poco a poco araña clientes, le conocen. Nunca se han puesto en contacto con él. “Pero tampoco invierto mi tiempo en intentar hablar con ellos”.
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